José Antonio Dávila: fidelidad y autenticidad en cada obra

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Con el talento innato y la sabiduría acumulada a lo largo de los años, este reconocido artista pinta realidades inventadas con las que rinde homenajea la naturaleza, mientras manifiesta el dominio extremo de las técnicas y las cargas simbólicas que hay en ellas

Por Arlette Quintero / Fotos Julio Osorio

 

Embriagada por el enigma de las obras, paralizada ante los detalles de tanta perfección, me encontraba fascinada por la oportunidad de conversar con el Maestro José Antonio Dávila, sobre su más reciente exposición: Ilusión, apariencia y realidad, primera individual de esta última década, consolidada gracias a una importante conjunción de esfuerzos y a la Galería Ascaso de Caracas.

Más de 50 obras entre pinturas y giclées realizados entre el 2002 y el presente año, pueden apreciarse en sus tres salas, todas con un elemento común, la genialidad de este premiado pintor, que a sus 77 años de edad, permanece inalterable.

“Nadie que pase frente a las obras de Dávila quedará inmune a su misterio. Ellas revelan metáforas de una visión profunda de la realidad, en la que se confunden las necesidades conscientes e inconscientes y las experiencias sociales. Colores y formas actúan conjuntamente para la armonía y el equilibrio, pero también en un secreto juego de tensión”, explica Beatriz Sogbe en el texto que acompaña el catálogo de la exposición.

Tras la evolución lógica que sufre el lenguaje estético en durante seis décadas, se evidencia la depuración de la técnica. En su etapa media (1967 – 1975), correspondiente a construcciones, cabinas, pasajeros y hombres modulares, experimenta con todo tipo de materiales y aún hoy trabaja con el que resultó ser el predilecto: el acrílico, con él consigue la pureza y el brillo que busca en el color.

A esta etapa le sucede una de introspección, en la que recrea con aires nostálgicos los recuerdos de su solitaria infancia en Nueva York, y en el que las ventanas representan su contacto con el exterior.Retirado en su taller en los Altos Mirandinos donde se dedica a la creación plástica, rinde culto a su entorno con una aproximación hiperrealista a las naturalezas muertas. En sus piezas los modelos recurrentes, que llaman su atención y lo sorprenden por las formas y texturas. Estos, posados sobre fondos oscuros y planos, consolidan su protagonismo y concentran las miradas.

 

Dávila, quien en sus orígenes reflejaba un estrato social, afirma: “He cambiado la temática, pero me mantengo fiel al acrílico y a su tecnología”. Y aunque observamos elementos reiterados como pizarras o ventanas, sólo los emplea para conseguir cierto balance compositivo, abandonando con ello las connotaciones psicológicas que solía adjudicarles.

“Uso los elementos como si fuera a pintar un cuadro abstracto, las circunferencias, los cuadrados, las formas elípticas, y realizo combinaciones en la composición. Quizás es lo único que esté estudiado en la obra, la composición en el espacio. Los elementos compositivos los cambio hasta obtener un equilibrio que complemento con el color. Las cajas, las etiquetas y los logotipos los empleo también para dinamizar el fondo y añadir otro elemento geométrico de color que rompa con el de las frutas”.

Le preguntamos al artista entonces por los elementos que observamos pendiendo, respondió: “Es la manera de mantenerme fiel a mis planteamientos, una fruta suspendida en medio de nada resultaría irreal, transgrede las leyes de la perspectiva y la gravedad, me separaría del objetivo primordial”. Es un artilugio que emplea, como buen entendido, en su original fórmula pictórica.

Incluso la aparición de los gatos evidencia la evolución de la obra, nos explica, ya que, después de incorporar perros a éstas observó que denotaban cierta limitación, como la de los humanos, “la de permanecer al ras del suelo anhelantes… viendo hacia arriba, mientras que los gatos, como en Alicia en el País de las Maravillas, están donde quieran”.

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